
Después de un año y cuatro meses de trabajo, cierro mi despacho. Me he quejado mil veces de que no tengo ni puertas ni intimidad pero ahora, haciendo limpieza e intentando poner orden para el que venga a sustituirme, me da una pena...
Cierro mi despacho porque me cambio de curro, de ciudad, de compañeros, de perspectivas... Sé que el nuevo, al que llegaré el lunes, tiene puertas y ventanas pero ahora no sé si me voy a acostumbrar.
Llevo una semana despidiéndome de gente, comiendo, cenando, bebiendo y bebiendo. Me llevo de este pueblo al que le he hecho un hueco en el corazón miles de cosas. Gente a la que espero no ver demasiado, algunos amigos, un puñado de compañeros a los que echaré de menos, miles de recuerdos -buenos y malos, por supuesto-, muchas frases aprendidas, algunos consejos, añoranzas...
Sólo por un par de personas, este tiempo aquí ha sido y será siempre maravilloso. Se puede soñar y hacer los sueños realidad. Se puede abrazar hasta que duele, se puede querer sin querer querer. Se puede.
Aquí he redescubierto que hay gente que te toca la mano y te llega al alma, amigos que, aunque no llamen, están y estarán para siempre. He conocido el valor de las puritas -madre mía, que pastel más bueno-, he sobrevivido y me voy. Me marcho porque quiero, porque puedo, y no descarto volver. Me marcho para que algunos puedan brindar a costa del 'tanta gloria lleves como descanso dejas' pero 'otros vendrán que buena me harán'.
Y poco más. Bueno, mucho más pero no es plan de seguir...
La foto, la última en mi despacho sin puertas, deja el olor alegre del ramo de flores que me han regalado hoy mis compañeros. Eso, y un reloj, para ver si empiezo a mejorar en lo de la puntualidad.
Gracias a los que han hecho que estos meses valgan la pena. Al resto... ADIOS